La paradoja de nuestra identidad
Descolonización Ingmar Herrera Descolonización Ingmar Herrera

La paradoja de nuestra identidad

Panamá no sufre falta de talento ni de memoria. Sufre una paradoja: la identidad colonial y una cultura pública profunda empujan en direcciones opuestas. Para que una cultura crezca necesita recordar, conmemorar y aprender; la mentalidad colonial, en cambio, se sostiene borrando, maquillando o reescribiendo la historia.

Este texto abre esa grieta y mira de frente cómo esa fantasía se vuelve “mitología cívica”, cómo importa imaginarios antes que escuchar el territorio, y cómo ese borramiento afecta a todos —en especial a pueblos indígenas y afrodescendientes— al dejar la memoria pública en superficie.

¿Y si lo “surrealista” de nuestra vida cultural no fuera casualidad, sino síntoma? Cuando importamos imaginarios completos para no mirar la historia, la identidad se vuelve una vitrina.

La pregunta final no es de moda ni de insulto: es estratégica y urgente. ¿Qué significa, de verdad, descolonizar la memoria para que Panamá pueda construir cultura profunda desde lo suyo?

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La última colonia.
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La última colonia.

Hay una voz interior que se nos instaló hace siglos —desde la invasión española— y que volvió a reforzarse cuando el siglo XX nos reordenó el mapa al ritmo del Canal. Es una voz necia, insistente, que nos ha venido entrenando para funcionar como una colonia sin soldados. Te enseña a mirar tu cadencia como defecto, tu improvisación como “falta”, tu barrio como atraso y tu inteligencia como casualidad. Y cuando esa voz prende, ya no hace falta que nadie te borre desde afuera: tú mismo te traduces, te minimizas, te pides permiso.

Debo aclarar que: esta región ha resuelto —con herramientas imperfectas y bajo presión real— problemas que el “primer mundo” todavía no sabe ni nombrar sin pánico. No es romanticismo: es método. Redes de cuidado, cultura de reparación, convivencia con la incertidumbre, comunidad como infraestructura. Lo que aquí se llama “informal” muchas veces es inteligencia aplicada.

Soltar esa programación no es nacionalismo: es recuperar el derecho a pensar desde lo nuestro y convertir esa inteligencia en futuro. Es dejar de usar el afuera como tribunal. Es volver a escucharnos sin vergüenza: el acento, la calle, la música, el ruido, el silencio. Es reconocer que la herida no solo viene de la historia: también se queda cuando la repetimos por dentro.

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