La paradoja de nuestra identidad
La razón por la que el Panamá oficial a veces parece incapaz de construir una cultura profunda no es falta de talento ni de memoria; es porque identidad colonial y desarrollo cultural profundo son intenciones opuestas. No pueden convivir con facilidad, porque para que una cultura crezca necesita recordar, conmemorar y aprender de su historia. En cambio, la identidad colonial se sostiene haciendo lo contrario: borrando historia, maquillándola o reescribiéndola para esconder los crímenes que fundan el orden colonial —despojo de tierra, esclavitud, racismo, jerarquías, extracción.
Por eso, intentar sostener una identidad colonial y a la vez “profundizar cultura” es como mezclar aceite y agua. La cultura necesita verdad histórica. La identidad colonial necesita fantasía.
En Panamá esa fantasía aparece como mitología cívica: el cuento cómodo de que “somos un país de tránsito y de paz”, que “aquí todo fue mestizaje armónico”, que “no pasó nada tan grave como en otros lados”, que la historia empieza en 1903 o en la inauguración del Canal, y que lo anterior es apenas un prólogo borroso. Se celebra el milagro del Canal como epopeya limpia, pero se vuelve marginal —cuando no invisible— la historia de la Zona como enclave, la segregación, la violencia simbólica y material, y el papel de miles de trabajadores antillanos y afrodescendientes tratados como mano de obra descartable. Se repite “Puente del mundo” como mantra, pero se oculta el costo humano y territorial de ser puente para otros.
Y cuando la historia real amenaza esa narrativa, la reacción suele ser rabia o defensiva, porque la historia verdadera vuelve frágil la fantasía. Basta con explicar con calma la continuidad colonial —desde la invasión española, el orden racial, la esclavitud y el cimarronaje; pasando por el despojo de territorios indígenas; hasta las formas modernas de extractivismo y desigualdad— para que algunos sientan que les están “quitando el país”, cuando en realidad lo que se está quitando es un cuento.
Esa es la trampa: si la narrativa dominante se basa en borrar, entonces no se recuerda ni se aprende; y si no se aprende, la cultura pública no profundiza: se queda en superficie, en consumo, en símbolo vacío. Por eso terminamos con momentos culturales surrealistas: un país tropical celebrando “Navidad de nieve”, renos, pinos plásticos y paisajes nórdicos como si fueran propios; o copiando calendarios, estéticas y rituales ajenos sin atreverse a inventar desde el clima, el territorio, la comida, la memoria real. No es “globalización” inocente: es una señal de identidad frágil que prefiere importar imaginarios completos antes que mirar su propia historia sin filtros.
Y esta identidad colonial le hace daño a todo el mundo. Para los pueblos indígenas, significa que las estructuras fundadas sobre su borramiento siguen teniendo poder sobre su vida cotidiana: decisiones, tierras, educación, representación, “desarrollo” impuesto. Para el resto, significa que quedamos atrapados en una identidad superficial, ansiosa por agradar, incapaz de mirarse sin vergüenza, y por eso incapaz de transformarse. Una identidad que se defiende con frases (“somos hospitalarios”, “aquí no pasa eso”) en lugar de crecer con verdad.
Por eso vale la pena tomarse en serio qué significa descolonizar: no como insulto, ni como moda, sino como un proceso de reparación histórica, restitución de dignidad, y reordenamiento de la memoria pública. Y sí: también es liberación para quien heredó el guion colonial, porque salir de esa fantasía es dejar de vivir con miedo a la historia. Cuando entiendes lo que es descolonizar de verdad —no solo símbolos, sino educación, archivos, museos, territorio, economía y representación— empiezas a ver que no se trata de “culpa”, sino de realidad: la única base sana para una cultura que quiera crecer.

