El país que se borra mientras suena

Cuando pensamos en nuestras tradiciones, casi siempre caemos en el mismo guion: folclor como postal, lo “típico” como souvenir, lo afro como color de carnaval, lo indígena como ornamento para el turismo, la ciudad como vitrina, el interior como nostalgia. Ese guion no aparece de la nada. Es una costumbre vieja, un lente heredado: convertir lo vivo en estampa, lo complejo en etiqueta, lo incómodo en espectáculo. No es solo un problema de gobierno o de época. Es una forma de mirar —y de consumir— que se nos metió en la educación, en los medios, en la industria cultural, en el mercado y, claro, también en las instituciones.

Ese lente achata. Reduce la música —que aquí incluye la voz, la cadencia, el corte de las palabras, el pregón, el tambor, el silencio— a entretenimiento. La vuelve intercambiable. La limpia. La neutraliza. Le quita el territorio y la devuelve como “contenido” listo para circular sin fricción.

Pero el sonido de Panamá no nació para caer bien.

Aquí la música no es un género: es un ecosistema. Es habla. Es calle. Es rito. Es economía. Es conflicto. Es territorio. Es el modo en que la gente se orienta cuando no hay mapas confiables; se protege cuando no hay garantías; se reconoce cuando nadie lo nombra; se organiza cuando el papel no alcanza. Por eso decir “sonido” no es salirse de la música: es devolverle su tamaño real.

El sonido de este país es música total. Y funciona como su ADN

Un modo de sobrevivir. Un método de comunicación cuando no hay certezas. Un archivo cuando no hay archivos. Un mapa cuando los mapas mienten. Una tecnología social que se ejecuta en tiempo real: en el tambor, en la voz, en el pregón, en la iglesia, en el patio, en el bus, en el río, en la bocina, en el mercado.

Panamá no se entiende por lo que dice de sí mismo en papeles; se entiende por lo que vibra.

Y sin embargo, vivimos en un país que se comporta como si no escuchara.

Sonido no es “contenido”. Es prueba.

En un país con este nivel de amnesia estructural, el sonido es evidencia. La entonación de una cantadora es historia política. El patrón de un tambor es genealogía. El silencio repentino en un barrio es lectura de peligro. El motor río arriba es anuncio de llegada. La forma en que una comunidad canta para acompañar un duelo, o para sostener una fiesta, es una constitución paralela: una ley no escrita que organiza el mundo cuando la ley oficial no alcanza.

La música —cuando es música total— no es decoración. Es conocimiento social en movimiento.

Por eso el sonido incomoda. Porque no se deja archivar como se archiva un documento. El sonido no admite la mentira con la misma facilidad. Se filtra. Traiciona. Delata. Un país puede maquillarse con discursos; su sonido, no tanto. La propaganda puede inventar un relato; la vibración de una calle lo contradice.

La pregunta es otra: ¿qué hacemos con esa evidencia?

La desmemoria como costumbre

En Panamá, la memoria suele tratarse como trámite o como estorbo. Se le asigna un día del calendario, un acto protocolar, un discurso, una tarima. Se aplaude a “los portadores de tradición” mientras se normaliza que no haya infraestructura, protección, archivo, retorno. Y ese patrón se repite porque conviene: conviene al mercado que vende “lo típico”, conviene a la narrativa oficial que quiere armonía sin conflicto, conviene a una modernidad ansiosa que prefiere lo nuevo sin hacerse cargo de lo viejo, conviene a un país que aprendió a pasar la página antes de leerla.

Se habla de cultura como si fuera universal, neutra, intercambiable —como si no estuviera hecha de regiones, fricciones, desigualdades, desplazamientos, heridas y resistencias— y esa abstracción sirve para no mirar lo concreto:

¿Dónde están los repositorios? ¿Quién digitaliza? ¿Quién describe? ¿Quién guarda? ¿Con qué estándares? ¿Con qué equipos? ¿Dónde están los presupuestos? ¿Quién decide qué se conserva y qué se deja perder?

Cuando la respuesta a todas esas preguntas es silencio, entonces la memoria no es un valor: es un accidente. Y un país que deja su memoria al azar se vuelve un país disponible. Fácil de reescribir. Fácil de vender. Fácil de borrar.

Herencia sonora no es “música bonita de antes”. Es territorio.

“Herencia sonora” no significa nostalgia curada. No significa “lo típico” como empaque. Significa el conjunto de sonidos que organizan la vida: cantos, tambores, rezos, pregones, fiestas, rituales, lenguajes, acentos, técnicas de construcción de instrumentos, modos de transmisión oral, silencios compartidos. Significa también lo que el país prefiere no escuchar: los ruidos de la extracción, de la violencia, de la marginalidad, de las fronteras, de la migración, de la desigualdad.

El sonido de Panamá no vive en un solo lugar. Es archipiélago. Es corredor. Es cruce. Es Caribe que se mueve hacia la selva. Es Pacífico que se mezcla con la ciudad. Es interior y metrópolis. Es comarca y canal. Por eso el sonido es una geografía política: revela conexiones que el mapa administrativo oculta.

Y por eso hablar de “la cultura panameña” como un bloque homogéneo no solo es impreciso: es una forma de borrar.

Si no hay fonoteca, lo que hay es pérdida

Lo que se pierde cuando no se preserva el sonido no es solo arte: es conocimiento. Se pierde el cómo. Se pierde el contexto. Se pierde la relación entre voces y territorios. Se pierde el archivo de la imaginación de un país.

Y la pérdida no es romántica. No es “ay, qué lástima”. Es irreversible.

Las cintas se degradan. Los discos se rayan. Los archivos digitales se corrompen. Los formatos mueren. Los equipos desaparecen. Las personas envejecen. Las voces se van. Los instrumentos cambian.

Lo que no se documenta con rigor se vuelve mito. Y lo que se vuelve mito se vuelve mercancía. El mito sirve para vender; no sirve para devolver. La mercancía circula; la memoria no necesariamente regresa a quien la sostuvo.

Por eso una fonoteca no es un capricho técnico. Es una política de soberanía cultural. Es decir: la capacidad de un país de escucharse a sí mismo con precisión, y de devolverle a las comunidades sus propios registros en condiciones dignas.

La Fundación del Sonido existe porque el vacío existe

La Fundación del Sonido no nace por entusiasmo. Nace por urgencia. Nace porque el vacío es real —no de un año, sino de décadas; no de una administración, sino de una costumbre. Porque la memoria no puede depender de la terquedad de individuos ni del heroísmo mal pagado de quienes cargan un tambor, un archivo, una historia. Nace para educar, visibilizar y construir infraestructura: técnica, ética y pública.

No se trata de “rescatar” nada desde arriba. Se trata de aprender a escuchar como país. De construir un ecosistema donde la música total —voz, calle, tambor, silencio— no sea souvenir ni ruido de fondo, sino una forma legítima de conocimiento. Donde la cantadora no sea adorno, sino pensamiento vivo. Donde el tambor no sea postal, sino archivo ancestral. Donde la memoria no sea un evento, sino una práctica sostenida.

Porque Panamá tiene un problema serio: no sabe lo que tiene. Y no sabe lo que tiene porque no lo escucha.

Escuchar es una forma de futuro

El sonido de Panamá no está pidiendo permiso. Está ahí, vibrando, insistiendo. Es más antiguo que muchas instituciones y probablemente sobreviva a varias de ellas. La pregunta es si vamos a seguir tratándolo como entretenimiento —como playlist, como postal— o si vamos a asumir lo que es: música total, archivo vivo, tecnología social, evidencia de quiénes somos.

Escuchar no es un lujo. Es una responsabilidad.

Y en este país, hoy, escuchar también es resistencia.

Si quieres, también puedo ajustar solo el segmento “El Estado y la desmemoria” para que sea un cambio mínimo (sin reescribir todo), pero creo que esta versión ya se siente “de larga duración” y no “señalando a la administración de turno”.

Ingmar Herrera

Ingmar Herrera es investigador, ingeniero de sonido, músico y productor panameño. Preside la Asociación Panameña de Sonido Cinematográfico (APSC) y lidera la Fundación del Sonido, desde donde impulsa proyectos de memoria sonora, archivo vivo y creación cultural. Su trabajo cruza grabación en territorios, investigación y producción audiovisual y musical, con un enfoque en la herencia sonora de Panamá.

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