“Se vende una isla. completa ‘con población’: ¿qué sonidos se están vendiendo en Las Perlas?”

Las Perlas

Archpiélago de las perlas

Hay frases que parecen inocentes hasta que las lees como quien escucha un cuarto vacío: de repente oyes el eco político.

“Se vende hermosa isla completa… ideal para inversión, cuenta con población.” Un anuncio de US$7,800,000 para una isla de 40 hectáreas en el Archipiélago de Las Perlas, “desarrollada y con población”, ubicada “en el Distrito de Balboa, frente a Isla San Miguel”, “cerca del aeropuerto de San Miguel”.

La cifra impresiona, sí. Pero el tema está en otra parte: “con población” aparece como atributo inmobiliario, como si la vida humana fuese un extra del paquete —vista al mar, playas alrededor, bosque nativo… y gente.
No es un detalle de redacción; es una manera de mirar el territorio. Una manera vieja.

Porque una isla “completa” es una fantasía legal: el sueño de que el mundo cabe en una escritura, que la geografía se puede cerrar con un precio, y que lo que no entra en la descripción se vuelve ruido de fondo. Y cuando en esa fantasía aparece una población, no aparece como sujeto; aparece como condición: hay gente, pero no estorba. Hay gente, pero se administra. Hay gente, pero se compra junto con el paisaje.

El problema no es solo moral. Es cultural. Es epistemológico. Es sonoro.

El sonido no solo transmite: piensa, no es únicamente “contenido”. El sonido es categoría de análisis. El sonido revela relaciones de poder porque el poder siempre intenta ordenar lo audible: qué se escucha, quién habla, quién calla, quién puede sonar, quién debe desaparecer.

Por eso esta pregunta importa: ¿qué sonidos se están vendiendo cuando se vende una isla “con población”?

Lo primero que se intenta borrar en este tipo de lenguaje es lo más simple: la vida cotidiana suena. Una población no es un decorado. Una población es una ecología de voces: conversaciones al mediodía, pasos sobre madera, motores de panga, radios, risas, discusiones, cantos, rezos, niños. Es un sistema de horarios, de desplazamientos, de costumbres. Es memoria distribuida en el aire.

Y esa capa humana no es genérica. En Las Perlas existe una singularidad musical que vale como pista: en San Miguel se menciona una variante llamada “Tambor con Guitarra”, un tamborito donde además de tambores aparecen guitarra española y violín, con coreografía y melodía propias.
Eso, más allá de la etiqueta “folklore”, es una evidencia de mezcla histórica real: tradiciones que no son vitrina, sino tecnología social, archivo vivo funcionando.

Entonces la pregunta cambia: si una isla “con población” se vende como inversión, ¿qué pasa con ese patrimonio vivo? ¿Quién decide si esa música se sigue tocando ahí, si se vuelve espectáculo, si se reubica, si se “cura” para turismo, o si se silencia porque el nuevo modelo de negocio necesita quiet luxury?

Porque vender territorio no es solo vender tierra. Es vender capacidad de imponer un régimen acústico.

Las Perlas no se llaman Las Perlas por romanticismo. Ese nombre es un archivo. Y todo archivo tiene un ruido que lo funda.

Hay documentos técnicos que lo dicen sin poesía: los españoles primero emplearon indígenas para bucear por ostras perlíferas; por enfermedad y condiciones, su número se redujo, y hacia finales del siglo XVI esclavizados africanos los reemplazaron en el buceo de perlas.
Y estudios históricos más amplios sobre pesquerías de perlas en el imperio español describen la lógica: prohibiciones tardías, reemplazo de mano de obra, normalización del cuerpo como herramienta de extracción.

Eso también es sonido. No como metáfora: como paisaje acústico real.

Imagina el archivo audible de la extracción: el golpe del agua contra la borda, órdenes, respiración contenida antes del descenso, cuerpos subiendo rápido, tos, cansancio, el silencio denso del fondo marino, el metal de un grillete en la noche (si lo hubo), el grito que no entra en el acta notarial. El sonido de la riqueza casi siempre tiene, detrás, el sonido de alguien pagando el costo.

Por eso el anuncio “ideal para inversión” no flota en el vacío. Está montado sobre una continuidad: del territorio como zona de extracción al territorio como zona de inversión. Cambia la estética; no necesariamente cambia la estructura.

Y aquí aparece otra paradoja panameña: celebramos el mar como postal, pero a menudo evitamos escuchar el mar como archivo histórico.

La tercera capa —la que el mercado suele convertir en “amenidad”— es la vida no humana: la biofonía.

Panamá promueve el avistamiento de ballenas jorobadas en el Pacífico en temporada (el sitio oficial habla de temporada entre julio y septiembre), y menciona rutas que van desde Ciudad de Panamá hacia Las Perlas para tours y ferries, con posibilidad de ver ballenas en el trayecto.
Esa información turística, aunque esté en lenguaje de experiencia, apunta a una realidad mayor: Las Perlas son archipiélago, bahías, corrientes, refugios. Un lugar donde el mar suena de formas complejas.

Y aquí hay una trampa moderna: cuando el territorio se compra como “isla completa”, se compra también el derecho de convertir la bioacústica en producto —y a la vez, el derecho de interrumpirla. Más lanchas, más motores, más presión, más ruido; pero también más control de acceso, más privatización del silencio.

El paisaje sonoro marino es frágil: no solo por contaminación o pesca; también por ruido. La vida del océano depende del sonido. Y eso hace que la herencia sónica de Las Perlas no sea solo cultural, sino ecológica.

Volvamos a la frase: “con población”.

Si la gente aparece como característica, el siguiente paso es obvio: la gente se vuelve variable de diseño. Se gestiona. Se desplaza. Se convierte en recurso humano del proyecto (servicios, mantenimiento, logística), o en obstáculo (títulos, derechos, acceso), o en folclor (show), o en silencio (que no suene, que no se note).

Y lo mismo con el territorio: la isla se vuelve “producto total”. Esa lógica intenta hacer tres cosas a la vez:

  1. Convertir el paisaje en marca: turquesa, playa, bosque.

  2. Convertir la historia en decoración: “Las Perlas” como nombre bonito, sin el peso del trabajo forzado, sin el archivo de la extracción.

  3. Convertir la vida en condición: “con población” como frase administrable.

Entonces sí: cuando se vende una isla, se venden sonidos. Pero no se venden como “sonidos”. Se venden como control:

  • Control sobre quién puede sonar y cuándo.

  • Control sobre qué prácticas culturales se sostienen o se vuelven espectáculo.

  • Control sobre el régimen acústico del lugar: qué se considera ruido, qué se considera “autenticidad”, qué se prohíbe, qué se permite.

  • Control sobre el derecho a la escucha: quién puede acceder al territorio para escucharlo.

En otras palabras: se vende la posibilidad de reescribir el paisaje sonoro.

Aquí el ensayo vuelve al tema de fondo: la identidad colonial.

Una identidad colonial siempre sueña con territorios convertidos en vitrinas. No le interesa el territorio como memoria; le interesa como activo. No le interesa el archivo; le interesa la postal. Por eso no es casual que la frase “con población” no cause escándalo: en una cultura colonizada, lo humano y lo histórico son cosas que se administran, no cosas que se escuchan.

Y Panamá, país de tránsito, ha sido entrenado durante siglos para pensar su territorio como infraestructura para otros. La pregunta es si queremos seguir repitiendo esa programación, ahora en versión inmobiliaria: islas como portafolio, comunidades como nota al pie, ecosistemas como escenario.

No se trata de “cancelar” anuncios. Se trata de cambiar el marco. De hacer algo que Panamá rara vez hace con constancia: escuchar antes de vendernos el cuento.

Una escucha descolonizadora en Las Perlas haría, por lo menos, esto:

  • Nombrar la población (no como condición, sino como sujeto): quiénes son, qué historias cargan, qué prácticas sostienen, qué derechos tienen, qué futuro imaginan.

  • Escuchar el archivo de la extracción sin romantizarlo: perla como belleza, sí; pero también perla como historia de trabajo extremo, de explotación, de cuerpos usados para sostener riqueza.

  • Registrar la biofonía como patrimonio público, no solo como tour: entender que el mar no es “fondo”, es protagonista.

  • Identificar el patrimonio musical vivo (como el “tambor con guitarra”) como inteligencia cultural local, no como folklore de vitrina.

Y luego, hacer lo más importante: devolver. Porque un archivo sin devolución se convierte en otra forma de extracción.

Hay algo que el anuncio no puede comprar: el sentido.

Puedes comprar “isla completa”. Puedes comprar cercanía al aeropuerto. Puedes comprar el turquesa como promesa.
Lo que no puedes comprar son las personas, el derecho de borrar lo que el territorio ya sabe.

Las Perlas suenan desde antes de cualquier escritura de propiedad. Suenan con voces y con tambores, con guitarras y violines, con trabajo y con mar, con ballenas y con viento. Y esa suma —esa mezcla de historia humana y vida no humana— es precisamente lo que deberíamos llamar patrimonio: un archivo audible que no se debe privatizar como si fuera un mueble.

Por eso, frente a una isla “con población”, la pregunta correcta no es “¿cuánto cuesta?”
La pregunta correcta es: ¿quién paga el costo cuando se vende el sonido del territorio?

Ingmar Herrera

Ingmar Herrera es investigador, compositor e ingeniero de sonido panameño, especializado en grabación de campo y archivística sonora. Para él, el sonido no es mero fondo ni decoración: es patrimonio disputado, categoría de análisis y archivo vivo que canta, resiste y descoloniza. Dos décadas de inmersión en comunidades afrodescendientes del Darién y otras regiones le han permitido comprender los cantos, tambores y silencios como tecnologías ancestrales de memoria encarnada, capaces de revelar fragmentos de historia silenciados sistemáticamente y ofrecer una contra-narrativa esencial a la versión oficial de la historia de nuestros territorios.

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