La dificultad de construir lo común

Memoria, autoridad y cooperación en Panamá

Por Ingmar Herrera

¿Tenemos capacidades dispersas que todavía no hemos conseguido organizar bajo acuerdos de cooperación confiables?

Esta pregunta atraviesa mi trabajo con el patrimonio sonoro de Panamá. Aparece al conversar con quienes conservan grabaciones, al buscar apoyos para un archivo y al intentar conectar instituciones que podrían ayudarse. Podemos identificar colecciones, personas con experiencia y espacios disponibles. Sin embargo, convertir esos recursos en trabajo sostenido exige algo que rara vez ocupa el centro de la conversación: compartir responsabilidades y capacidad de decisión.

Solemos preguntar cuánto dinero falta, qué equipo necesitamos y dónde podría funcionar una institución. También deberíamos preguntar cómo vamos a trabajar juntos. Quién puede proponer. Quién decide. Cómo se explica una negativa. Qué ocurre cuando alguien encuentra una solución que no estaba prevista por quienes iniciaron el proceso.

Las respuestas revelan la organización que realmente estamos construyendo.

Convocar es apenas el comienzo

Reunir personas alrededor de una causa requiere esfuerzo. Organizar talleres, conseguir espacios, establecer contactos y sostener una primera conversación son aportes que merecen reconocimiento. Toda iniciativa tiene una historia y personas que la hicieron posible.

Pero una convocatoria abre una responsabilidad nueva: establecer qué participación tendrán quienes se incorporan.

Una persona puede aceptar una invitación entendiendo que tendrá espacio para proponer y asumir tareas. Quien la invita puede esperar que cualquier iniciativa pase primero por su coordinación. Ambas expectativas pueden convivir durante meses, hasta que una acción concreta expone la diferencia. Entonces descubrimos que habíamos compartido un nombre sin haber acordado su funcionamiento.

Una red puede tener una secretaría, una institución coordinadora o responsabilidades distribuidas. Cada fórmula necesita atribuciones explícitas, mecanismos para rendir cuentas y posibilidades de revisión. La horizontalidad requiere trabajo; tampoco surge por el simple hecho de llamarnos red.

El problema aparece cuando la capacidad de convocar se transforma, sin discusión, en un derecho permanente a autorizar.

Las reglas que nadie escribió

La ausencia de reglas escritas puede parecer flexibilidad. También puede dejar a cada participante expuesto a criterios que descubre únicamente cuando intenta actuar.

Una propuesta se recibe con entusiasmo; otra debe esperar una conversación previa. Algunas personas pueden representar al conjunto; otras necesitan aprobación incluso para abrir una consulta. Cuando esas diferencias carecen de una explicación compartida, las relaciones personales empiezan a sustituir los procedimientos.

Hay una estructura funcionando, aunque no aparezca en ningún documento.

Administrar los canales de comunicación concede poder efectivo: permite ordenar las conversaciones, facilitar información y establecer condiciones de acceso. Por eso esa función también necesita límites y responsabilidades. Si una propuesta se retira o una participación se restringe, los integrantes deberían poder conocer el criterio, discutir su aplicación y solicitar una revisión.

La confianza se construye cuando el procedimiento sigue siendo comprensible incluso para quien recibe una respuesta negativa.

La trayectoria y el derecho a decidir

En el campo cultural, la experiencia tiene un valor enorme. Quienes llevan décadas trabajando conservan conocimientos, vínculos y memoria de esfuerzos anteriores. Pueden explicar qué se intentó, qué resultados permanecen y dónde encontraron obstáculos. Escuchar esa experiencia evita comenzar siempre desde cero.

También necesitamos examinar cómo utilizamos ese reconocimiento.

La antigüedad puede convertirse en una jerarquía informal si se invoca para cerrar preguntas o establecer quién merece ser escuchado. En esas condiciones, una propuesta empieza a evaluarse por la posición de quien la presenta antes que por su pertinencia, viabilidad o aporte.

Construir continuidad exige permitir que la experiencia circule: que pueda enseñarse, contrastarse y servir de base a nuevas capacidades. Un saber que solo puede ejercerse desde una posición de autoridad encuentra dificultades para convertirse en patrimonio compartido.

Quien llega también tiene responsabilidades. Debe conocer los antecedentes, escuchar compromisos existentes y distinguir entre proponer una acción y hablar en nombre de todos. La iniciativa necesita espacio; la representación necesita un mandato.

Más allá del ego

Es tentador explicar estos conflictos diciendo que todo es ego. La palabra permite nombrar el cansancio, pero deja poco claro qué tendríamos que cambiar.

Las organizaciones pueden crear condiciones en las que compartir una tarea se sienta como perder relevancia. Si el reconocimiento se concentra en quien encabeza, si las relaciones dependen de contactos personales y si no existe una forma de reconocer los aportes de cada participante, la cooperación se vuelve frágil. Las reglas pueden reforzar esa fragilidad o ayudarnos a superarla.

La pregunta por una herencia colonial también merece precisión. Atribuir cualquier desacuerdo a la colonia no explica su funcionamiento. Una mirada crítica tendría que examinar qué conocimientos reciben autoridad, quién necesita validación para intervenir y cuándo el cuidado de otros se convierte en tutela sobre sus decisiones.

En un proyecto de memoria, esa pregunta alcanza a la relación con comunidades, familias y custodios independientes. ¿Participan en la definición de prioridades? ¿Pueden establecer condiciones sobre sus materiales? ¿Tienen capacidad de disentir cuando una institución propone un uso que no comparten?

También nos alcanza a quienes impulsamos nuevas fundaciones, archivos o redes. Crear otra organización no nos libra de reproducir las prácticas que cuestionamos.

El costo material de no cooperar

La preservación tiene tiempos que no podemos administrar únicamente según nuestras relaciones institucionales. Los soportes se deterioran, los equipos de reproducción escasean y las personas que conocen una colección no estarán siempre disponibles para explicarla.

Un desacuerdo sin procedimiento puede detener una intervención. Una responsabilidad ambigua puede dejar una colección esperando asistencia que nadie sabe quién debe prestar. Un contacto que nunca se convierte en compromiso puede desaparecer con un cambio de personal.

Por eso, cuando hablamos de infraestructura de memoria, necesitamos incluir las condiciones de cooperación. Un inventario permite localizar materiales. Un acuerdo permite saber quién puede atenderlos, con qué recursos y bajo qué responsabilidades.

El diagnóstico del patrimonio sonoro debería preguntar también por esas relaciones. Qué instituciones pueden compartir capacidades. Qué custodios necesitan acompañamiento. Qué protocolos permiten solicitar ayuda. Qué información puede circular y cuál requiere protección. Cómo se mantiene una tarea cuando cambia la persona que la inició.

Así empezamos a convertir una suma de esfuerzos en una capacidad sostenida de preservar.

Hacer verificable lo colectivo

Desde la Fundación del Sonido entiendo la construcción de una Fonoteca como una responsabilidad que exige alianzas y compromisos claros. Esa claridad debe incluir la autonomía de cada participante, el reconocimiento de sus aportes y los límites de cualquier representación común.

El primer acuerdo puede ser sencillo: una tarea, sus responsables, los recursos disponibles y una fecha para revisar resultados. A medida que crece la colaboración, deben precisarse los criterios de incorporación, las decisiones que requieren consulta y los mecanismos para resolver diferencias. La coordinación debe facilitar el trabajo y poder explicar sus propias actuaciones.

La cooperación tampoco descarga al Estado de sus responsabilidades. Puede ayudar a identificar necesidades, reunir evidencia y formular propuestas de apoyo; la continuidad de la preservación requiere compromisos públicos que no dependan exclusivamente del entusiasmo de sus promotores.

La prueba de una organización colectiva llega cuando aparece una iniciativa inesperada o un desacuerdo. Es entonces cuando sabemos si sus reglas permiten escuchar, decidir y continuar, o si todo depende de quién ocupa el centro.

Para la memoria en Panamá, esta es una pregunta práctica. Los archivos necesitan personas capaces de cuidarlos y organizaciones capaces de cooperar. Construir lo común significa acordar cómo ejercer esa responsabilidad, cómo compartirla y cómo permitir que continúe cuando ya no seamos nosotros quienes convoquemos.

Ingmar Herrera

Ingmar Herrera es investigador, compositor e ingeniero de sonido panameño especializado en grabación de campo, patrimonio y archivística sonora. Durante más de dos décadas ha desarrollado proyectos de documentación y escucha en distintas regiones de Panamá, explorando las relaciones entre sonido, memoria, territorio y cultura. Es fundador de Fundación del Sonido.

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