La última colonia.
Hay una forma de colonialismo que no necesita soldados: te convence de que eres menos. Te instala una vergüenza de origen. Te enseña a mirar tu acento como defecto, tu barrio como atraso, tu improvisación como “falta de cultura”, tu calor humano como “incivilización” Y lo más brutal es que, cuando esa voz prende, ya no hace falta que nadie te explote: tú mismo te rebajas. Tú mismo te traduces. Tú mismo te borras para caber. empiezas a copiar para poder ser validado.
Ese es el desprecio propio, La última colonia.
Y en Panamá —y en gran parte de la región— lo cargamos encima como si fuera sentido común: “aquí nada sirve”, “allá sí”, “lo de afuera es calidad”, “lo de aquí es chabacano”, “estamos en el tercer mundo”. Esa frase no describe una realidad: instala una jerarquía. “Tercer mundo” funciona como etiqueta moral para justificar un orden económico: abajo están los territorios de donde se extrae; arriba, los que procesan, acumulan y dictan el estándar. Es una superstición modernizada: fe en el “primer mundo” como medida universal y desconfianza automática hacia lo que nace en casa. Y mientras repetimos el mantra, se normaliza lo esencial: que el Sur sea visto como cantera —de materiales, mano de obra y paisajes— y no como lugar de pensamiento, método y futuro.
Pero hay un dato incómodo: esta región ha resuelto —a su manera, con lo que tiene— problemas que el “primer mundo” todavía no sabe ni nombrar sin quejarse.
No hablo de romanticismo. Hablo de capacidad.
Lo que hemos aprendido por necesidad (y no por moda)
El Norte inventa el discurso; el Sur aprende el método. Porque aquí la vida ha sido ensayo constante: crisis económicas, Estados intermitentes, infraestructuras incompletas, migraciones, violencia, climas extremos, desigualdad. Eso no es “identidad”; es contexto. Y el contexto produce inteligencia.
La región ha desarrollado, por supervivencia, tecnologías sociales que en muchos lugares ricos apenas se están redescubriendo como “innovación”
Redes de cuidado que no pasan por el Estado
Familia extendida, vecindad, comadres, trueque, favores, avisos, cadenas de apoyo. En sociedades donde todo se terceriza y se factura, aquí el cuidado sigue siendo infraestructura humana. No siempre perfecta, pero real.
Convivir con la incertidumbre
El “primer mundo” entra en pánico cuando el sistema falla un 5%. Nosotros hemos vivido con fallas de mas del 30% y aún así la gente llega, rie, cocina, trabaja, celebra, entierra, ama. Esa elasticidad no es resignación: es músculo.
Vivir en el espacio público
La calle aquí es oficina, mercado, escenario, iglesia, patio, escuela, tribuna. Donde otros necesitan “experiencias” diseñadas, aquí la experiencia es cotidiana. Eso produce comunidad, pero también produce fricción: lo vivo no es silencioso.
Resolver con poco (sin pedir permiso)
Improvisar no es chapucería cuando es preciso. Es diseño de baja escala: inventar soluciones locales para problemas inmediatos. Y a veces esas soluciones son más inteligentes que las “soluciones” caras que requieren manual, app y suscripción.
Esto no es una apología de la carencia. La carencia duele y cuesta. Pero negar la inteligencia que se ha generado en esa tensión es otra forma de violencia.
El primer mundo se vende como destino. Como una promesa de orden, eficiencia, silencio, limpieza. Y sí: hay cosas admirables. Pero esa imagen también es una edición: un recorte que oculta sus propios colapsos.
Allá se habla de soledad como epidemia. Aquí la soledad también existe, pero aún quedan tramas.
Allá se habla de crisis de salud mental como tsunami. Aquí se vive, se aguanta, se inventa, se canta.
Allá se debate el costo de la vivienda como tragedia nueva. Aquí hemos vivido décadas con techo como problema y, aún así, la gente construye.Allá se descubre el “community building” como tendencia. Aquí, la comunidad ha sido estrategia de vida.
No es competencia. Es perspectiva.
Porque si solo miramos hacia afuera como si el valor viniera importado, terminamos haciendo lo peor: despreciar lo propio y copiar lo ajeno sin entenderlo. Nos volvemos un país que imita, no un país que piensa.
Porque lo que pasó aquí —en términos de autoestima cultural— fue un trauma. Panamá cargó por décadas una pedagogía de inferioridad escrita en el territorio: una franja del país bajo control estadounidense desde principios del siglo XX, con reglas propias y segregación real (no metafórica) en trabajo, vivienda y acceso. Y cuando el Canal abrió en 1914, esa modernidad llegó con una frontera interna: el mensaje era simple y brutal—en tu propia tierra podías ser tratado como menos. El 9 de enero de 1964 fue exactamente eso estallando: cansancio de abuso, cansancio de no poder ni izar la bandera sin conflicto, cansancio de vivir con la soberanía en pausa. Ese día no fue “un incidente”: fue una declaración de voz.
Entonces sí: nuestra visión como país era —y muchas veces sigue siendo— foránea. Se nos enseñó, de mil maneras, que lo de aquí no servía. La televisión, la publicidad, la música la idea de “progreso”, la educación misma: todo empujaba hacia afuera como si allá estuviera el tribunal y aquí solo hubiera ensayo. Yo crecí con esa programación: imitar para ganar, sonar como alguien de afuera para existir adentro.
La salida no es dejar de escuchar lo extranjero. La salida es dejar de usarlo como tribunal.
Esto no es un llamado patriótico. No se trata de “Panamá es lo máximo” y punto. Tampoco se trata de romantizar lo flojo ni bajar la vara para sentirnos bien. Se trata de algo más serio: dejar de hablarle a lo propio con odio automático —ese odio que no es exigencia, sino vergüenza; que no empuja a mejorar, sino que nos deja buscando permiso.
Soltar el desprecio propio es aprender a distinguir: Entre lo que debe cambiar (corrupción, desigualdad, violencia, impunidad, fórmulas copiadas que se repiten sin territorio),
y lo que debe reconocerse (inteligencia social, creatividad territorial, culturas de cuidado, conocimiento vivo).
Porque el desprecio propio es una trampa: no te vuelve más crítico, te vuelve dependiente. Te roba el derecho a mejorar desde tus propias herramientas. Si te convences de que todo lo tuyo es inferior, entonces solo puedes “progresar” importando. Y cuando progresas importando, siempre llegas tarde: copias formas sin raíz, estándares sin contexto, soluciones sin oído. Siempre dependes. Siempre pagas.
Esta región no es “atrasada”. Es compleja. Es brutalmente creativa. Ha desarrollado soluciones que no pasan por instituciones robustas porque muchas veces las instituciones no llegaron. Eso no es un orgullo vacío: es un diagnóstico de fuerza.
El paso siguiente no es romantizar la precariedad. Es otra cosa: convertir esa inteligencia en infraestructura, en política pública, en archivo, en educación, en diseño urbano, en salud, en cultura. Pasar de la supervivencia a la soberanía.
Y para eso hay que cortar una costumbre:
dejar de hablarnos como si fuéramos un error.
Soltar el desprecio propio es una forma de futuro.

